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domingo, 6 de março de 2011

Shakira: y nada más importa

La colombiana se presentó en el Personal Pop Festival junto a Ziggy Marley, Vicentico y más;

Hacia el final, todos -periodistas, invitados, organizadores, público en general- coincidían en lo mismo: el show estuvo bueno, más allá de los gustos musicales y cuestiones estilísticas. Claro que el concepto de "estar bueno" puede ser muy diferente para unos y otros, y dependerá de si se es fan, acompañante de fan, amante de la música, o si se fue al recital porque se cruzó con uno de los tantos tickets que se regalaban por ahí. Sea cual fuere el caso, entre las 45 mil personas que fueron al Personal Pop Festival a ver a Shakira, en el estadio Puerto Madero, no hubo caras largas, por varios motivos.
Para los fanáticos, Shakira es una diosa, una mamacita a la que todo le queda bien, aún más flaca y con una apariencia más anglo y menos latina que en su pasado. Ellos se derriten ante cada sonrisa, admiran sus movimientos serpenteantes y cantan cada una de sus canciones (previa búsqueda de la letra), porque no, aún en vivo, es imposible entender qué dice Shak cuando canta. Desde el comienzo con "Pienso en ti", cuando llegó hasta el escenario caminando por la fosa, vestida casi como una Virgen; hasta el final con la mundialista "Waka Waka", el público no paró ni un minuto de cantar y bailar. No faltaron ninguno de sus hits ("Si te vas", "Suerte" en versión rockera, "Ciega sordomuda", "Loba") ni las palabras de agradecimiento. "Estoy muy feliz de estar en Buenos Aires, no hay nada como cantar en casa", dijo: simple y efectivo.
Aquellos que acompañaron a sus novias/madres/hijas -y todos esos que no entran en la categoría de "fan"- tuvieron tiempo para detenerse en otras cuestiones, complementarias a la figura convocante, y no menos importantes. "Esa" banda -un octeto de músicos de todas partes del mundo- sonó muy bien, a la altura de lo que una figura súperprofesional como la de la colombiana requiere, y quizás mejor. Tim Mitchell, el guitarrista y director de la banda (que, quizá en un dato no menor, lucía una remera de "London Calling", de The Clash), guía a sus compañeros por los caminos del pop, los ritmos latinos y -sí, sépanlo- del rock. Y aunque este sector de la audiencia no supiera las letras (es lógico, no se entienden), sí conocía muchas de las canciones, que casi de forma viral se fueron metiendo en sus cabezas: "La tortura", "Loca", "Ojos así", "Hips Don't Lie" y "Gordita", con René de Calle 13 como invitado desde las pantallas. Quizás lo único terrible para este sector del público (o para todo) fue tener que escuchar una versión de "Nothing Else Matters", de Metallica (había estrenado una mezcla con "La despedida" en Montreal, en septiembre del año pasado), en versión acústica y con ritmo de zamba. Rara, arriesgada.
El show no aburrió en ningún momento, quizás porque haya tenido la duración justa -90 minutos- y cada movimiento haya sido calculado hasta el más mínimo detalle. No hubo espacio para la improvisación ni la espontaneidad, ni tampoco menciones hacia su amigo y co-productor, Gustavo Cerati. El resto -si es que queda algo- estuvo adornado por papelitos de colores, un lindo juego de luces y un sonido contundente que estuvo bastante más por arriba de los 90 decibeles a los que se suele limitar a los conciertos de rock. Hacia el final (como al principio), todos contentos, y a casa. Shakira puede ser amada u odiada, pero sus detractores no estuvieron ahí; por eso, al menos por esta vez, poco podrán decir al respecto.

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